Los últimos guardianes del Super Bowl
Para Don Crisman, Gregory Eaton y Tom Henschel, el Super Bowl trasciende el ruido de los estadios, el espectáculo del descanso y el vuelo de la pelota ovalada iluminada por las torres. Para ellos, se ha convertido en un reflexivo espejo del tiempo que les invita a recordar las décadas transcurridas. A medida que se abrazan, sienten que mientras permanezcan juntos en las gradas, pueden desafiar al paso del tiempo. Sin embargo, este año, en Santa Clara, algo ha cambiado: el ambiente parece teñirse de despedida.
Una historia de perseverancia
Crisman, Eaton y Henschel son los últimos integrantes de un grupo que ha ido desapareciendo con el tiempo. Conocidos como los «hombres del nunca jamás», han asistido a cada Super Bowl desde que en 1967 se celebró el primer evento bajo el nombre de Campeonato Mundial AFL-NFL. Ahora, con más de 80 años a sus espaldas, estos amigos se preparan para su 60ª edición, que podría ser la última.
Don Crisman, residente de Maine, se apresta a cumplir 90 años y reconoce que el viaje ya no es la celebración de una semana como en el pasado. «Llegamos a los 60. Definitivamente, este será el último», expresa a la agencia AP, reflejando una mezcla de orgullo y resignación. La historia de Crisman tiene un tinte poético: su hija Susan nació en el mismo año del primer Super Bowl, un hecho que marcó el inicio de su legado familiar.
Recuerdos y desafíos
Sus anécdotas representan una cronología de los Estados Unidos: desde las entradas a 12 dólares compradas el día del partido en 1969, hasta los viajes en tren de 24 horas hacia Miami y el orgullo de ver en 1988 al primer mariscal de campo negro levantar el trofeo, después de años de esfuerzos.
El presente es más complejo. Tom Henschel, con 84 años, ha superado un derrame cerebral y, aunque camina lentamente y enfrenta dificultades para hablar, su entusiasmo por reunirse con sus amigos le ha devuelto la alegría. Por su parte, Gregory Eaton, de 86 años, aún trabaja y se niega a retirarse: «Iré mientras el cuerpo aguante», confiesa, soñando con la posibilidad de ver a sus Detroit Lions en una final.
Un ritual más que un deporte
El fútbol americano se ha convertido en una excusa. El trasfondo representa un viaje de 10.000 dólares por persona que ya no se enfoca en quién anota más, sino en el ritual que implica. «Ya no vamos por el alboroto ni por la parte comercial», admite Crisman; su motivación son los momentos compartidos: el café antes del partido, la eterna rivalidad entre los Patriots de Don y los Steelers de Tom, y el silencio de saber que han sido testigos de la historia.
El cierre de un capítulo
El club se va desmoronando. Este año, el legendario fotógrafo John Biever, quien ha capturado cada uno de los 60 Super Bowls, también planea retirarse, marcando el final de una era.
Mientras Seattle Seahawks y New England Patriots se preparan para el enfrentamiento en el Levi’s Stadium, estos tres amigos disfrutarán de mucho más que un simple juego; observarán el campo y verán reflejadas sus propias vidas. Cuando suene el silbato final el domingo, no solo habrá un campeón: tres amigos habrán logrado la hazaña más desafiante de todas, estar presentes hasta el último segundo del último cuarto.
