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La historia de la revitalización de un bar emblemático en Buenos Aires

La historia de la revitalización de un bar emblemático en Buenos Aires

Una recuperación con historia

En el barrio de San Telmo, una antigua casa se ha revitalizado gracias a un meticuloso proceso de restauración, que ha devuelto la esencia de uno de los bares más icónicos de la ciudad: Café Rivas. A través de una mirada nostálgica, la restauración se propone reactivar el tiempo y la experiencia en este emblemático establecimiento.

La identidad de un barrio

Buenos Aires ha construido su identidad urbana en buena medida en torno a los bares. Antes de que la gastronomía se convirtiera en un espectáculo, estos espacios fueron una extensión del ámbito público, fungiendo como arquitectura cívica en una escala más íntima, así como refugios climáticos y sociales, y como escenario para discusiones políticas y literarias. El ambiente se ha impregnado de boiseries, barras de mármol, vitrales y espejos biselados, creando una decoración que se ha vuelto patrimonio vivo de la ciudad, notoria en las estructuras de San Telmo.

La esquina de Estados Unidos y Balcarce tiene un profundo significado, pues allí se detuvo el trazado original de Buenos Aires en 1580, justo al borde de la barranca que mira al río. Desde 1967, se encuentra el Café Rivas, que ha reflejado la vida cultural del barrio en sus paredes.

Detalles del espacio recuperado

El edificio, una antigua casona en ochava, armoniza perfectamente con su entorno arquitectónico. Con su marquesina metálica, amplios ventanales y un reloj colgante, se ha mantenido como un símbolo de continuidad urbana. El interior ofrece un amplio salón de doble altura, con pisos de madera, boiserie perimetral y una larga barra que organiza el espacio, además de un entrepiso con barandas que permiten contemplar la actividad principal.

A pesar de la belleza del lugar, el paso del tiempo no siempre ha sido favorable. Intervenciones parciales y decisiones aisladas habían afectado su identidad original. La próximo desafío fue recuperar la esencia del espacio. «El lugar siempre fue hermoso», señala Lupe Unamuno, socia del proyecto y encargada de la restauración, «pero las capas acumuladas habían fragmentado su coherencia, así que decidimos devolverlo a su esencia de 1967».

Restauración artesanal

La tarea de restauración fue meticulosa y artesanal. La boiserie original fue restaurada en su totalidad, unificada en color y textura tras años de diferentes tratamientos. Esto exigió un cuidadoso proceso de desmontaje, limpieza manual, consolidación de superficies y elección de colores que mantuvieran la pátina original. «Cada tramo de madera tenía su propia historia, fue necesario escucharlas para que todas volvieran a contar la misma narración», explica Unamuno.

Se prestó igual atención a la selección de textiles, los cuales debían reflejar la época sin caer en reproducciones literales. «Encontrar los materiales adecuados fue un proceso largo y complicado, ya que queríamos que dialogaran con el espacio arquitectónico», afirma Unamuno, enfatizando la importancia de la calidad y la durabilidad.

Iluminación y conexión del espacio

La iluminación se convirtió en un aspecto crucial en la renovación. Se incorporaron piezas vintage de las décadas de los 60 y 70, como lámparas de estilo space age, junto a los originales candelabros del salón. «La luz debe contar una historia continua, no competir con lo existente», agrega Unamuno. Espejos biselados en los costados amplifican la luz cálida, creando una atmósfera íntima.

Una reconfiguración espacial también facilitó un nuevo vínculo entre la cocina y la barra. Se expande el área, creando una cocina abierta que se integra visualmente al salón, lo que permite que el espacio respire y recupere su profundidad. «Abrir la cocina permitió mejorar la circulación y la relación entre los distintos espacios», explica Unamuno.

La esencia del lugar restaurada

La vajilla también forma parte de la narrativa arquitectónica con objetos vintage y mantelería que refuerzan la continuidad material. «No se trató de meramente decorar, sino de completar un sistema coherente», concluye Unamuno, resaltando que la puesta en valor se concibió como un todo integral.

Además, la identidad visual del lugar fue unificada en logos, tipografías y colores que realizaron un homenaje a su espíritu original. El Café Rivas vuelve a ser lo que siempre ha sido: un fragmento de ciudad donde la arquitectura respalda la experiencia colectiva.

La revitalización de este bar emblemático evidencia que «la conservación patrimonial no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de responsabilidad urbana». En una metrópoli en constante cambio, este tipo de proyectos restituyen no solo un edificio, sino una forma de habitar y relacionarse en la ciudad.