Un viaje al pasado
Recientemente, volví a abordar el tren Roca después de muchos años, aunque durante una época lo utilicé a diario. Mi destino era la casa de mis padres y, sin automóvil y sin ganas de tomar dos colectivos, decidí subirme a uno que me llevó hasta Estación Constitución. El tren era el mismo, pero diferente.
Los asientos azules de plástico, las barandas claritas, las adicionales roturas en los vagones y la voz que anuncia la próxima parada permanecían inalterados, pero había cambios. Por ejemplo, el tren no se detuvo en la primera estación, lo cual me llevó a pensar que quizás había sido cerrada. Me di cuenta de que había más cosas que no reconocía, incluso algunas que no llegué a identificar. Lo que en su momento fue tan cotidiano ahora me parecía un tanto extraño; ese no era el tren que solía tomar de lunes a viernes, ida y vuelta.
Reencuentros inesperados
Mientras avanzaba en el trayecto, reflexioné sobre cómo esta no era la primera vez que experimentaba un fenómeno de este tipo. Algo que había sido cercano y familiar se tornaba distante y ajeno. Antes me sentía como una especie de dueña del Roca, invitando a amigos a recorrerlo conmigo, pero en esta ocasión me sentí casi como una extranjera. Sintiendo que pedía permiso para estar allí.
Recientemente, mis compañeros de escuela secundaria organizaron un encuentro con motivo de los 25 años desde nuestra graduación. La situación fue similar a mi experiencia con el tren. Aquellos amigos solían ser muy cercanos en 1998, compartíamos un tercio del día, entre risas en recreos y trabajos grupales, y sin embargo, pasar tanto tiempo sin vernos me generaba incomodidad. Un grupo se reunió en un bar, pero yo no asistí porque no pude. Sin embargo, no sabía cómo habría reaccionado si sí hubiera tenido la oportunidad de asistir. Después del evento, varios comunicaron en nuestro chat grupal lo divertido que había sido y cómo la sensación de paso del tiempo parecía no haber impactado en ellos. Aquella noche de diciembre de 2025 recordaba a cualquiera de los 2000. Pero mi experiencia es diferente; la vida no se comporta como una bicicleta almacenada por años que se vuelve a montar sin consecuencias. Por cada cosa que no hago durante tanto tiempo, me caigo y me lastimo. Sin lugar a dudas, el tiempo me afecta y a veces me abruma, dejando huellas a mi paso.
La conexión con el presente y lo inesperado
A los 17 años, realicé el curso de ingreso en el conservatorio nacional de arte dramático, un hermoso edificio en Palermo. Recuerdo la primera vez que lo vi: todo se sentía nuevo y brillante, las calles y avenidas. Hoy, años después, viviendo a solo seis cuadras, paso por allí y me surge una leve angustia por no haber conseguido el cupo y no haberlo vuelto a intentar. Sin embargo, me resulta menos extraño que antes. Este es el mismo sentimiento que experimenté con mi gato, una mascota que había considerado imposible tener, pues nunca me gustaron los gatos. En julio pasado, Ezequiel, quien deseaba tener uno, lo trajo a casa. Acepté la situación, pensando que no siempre es necesario consensuar; la decisión de tener un gato la tomó él. Curiosamente, lo que parecía inaceptable ahora roza lo obligatorio, hasta el punto de que a veces lo extraño.
Aunque me adapto a muchas situaciones, siempre hay algo que me inquieta, relacionado con el pasado y con las incertidumbres del futuro. ¿A cuántas otras pérdidas tendré que acostumbrarme? ¿Cuántas personas olvidaré? ¿Qué perderé de lo que tengo? La posibilidad de lo que pueda venir aterra mi mente, ya que estudio ambas opciones, ambas son inquietantes.
