La siesta: beneficios y riesgos
Tomar una siesta puede ser una excelente manera de recuperar energía, aunque sus ventajas dependen en gran medida de la duración y el momento en que se realice. Mientras que una pausa breve después del almuerzo puede ayudar a mejorar el estado de alerta, una siesta prolongada podría causar somnolencia al momento de despertar o interferir con el descanso nocturno. El otorrinolaringólogo Sebastián López compartió sus recomendaciones en AURA, advirtiendo que una necesidad constante de dormir durante el día podría ser indicativa de un sueño nocturno de mala calidad.
Duración y horario de la siesta
López afirmó que es preferible que la siesta tenga una duración breve, idealmente entre 20 y 30 minutos, ya que esto es suficiente para aumentar la alerta sin causar sensación de aturdimiento al despertar. En su explicación, mencionó un estudio llevado a cabo con pilotos de la NASA que investigó el impacto de descansos de 40 minutos durante vuelos prolongados. En ese contexto, se observó que los pilotos que dormían un promedio de 25 minutos mostraban mejoras en alerta y rendimiento en comparación con aquellos que no tomaban descansos.
En cuanto al horario más apropiado para realizar la siesta, López sugirió entre la una y las tres de la tarde, momento en el cual típicamente la temperatura corporal disminuye ligeramente, induciendo somnolencia tras la comida. «Una siesta corta de unos 20 minutos, media hora como máximo«, recomendó el especialista. Además, aconsejó no dormir la siesta en la habitación, sugiriendo el sillón como la opción ideal.
El impacto de las siestas largas
El otorrinolaringólogo explicó que dormir durante un periodo más extenso no necesariamente significa que se descanse mejor. Al extender la siesta, se incrementa el riesgo de despertar durante una fase de sueño profundo, lo que causa «inercia de sueño«, generando aturdimiento, somnolencia o lentitud mental al despertar. Además, una siesta prolongada o realizada en horas tardías del día puede disminuir la presión de sueño, dificultando el descanso nocturno posterior.
Para quienes buscan energizarse rápidamente durante el día, se destaca que las siestas breves son generalmente la mejor opción. Sin embargo, el efecto de la siesta puede verse modulada por factores como la falta de sueño acumulada y el momento de despertar.
Calidad del sueño y demencia
López también mencionó un estudio que siguió a personas mayores de 65 años durante aproximadamente 10 años, hallando una relación entre las siestas y el desarrollo de demencia. Sin embargo, resaltó que muchos participantes no tenían el hábito de dormir durante el día antes del análisis. Este cambio es significativo porque podría indicar que el sueño nocturno no es reparador, llevando a estas personas a necesitar siestas para mantenerse activas en la tarde.
En este sentido, López concluyó: «La siesta no es el problema. El problema es no poder vivir sin la siesta». Aconsejó prestar atención a quienes comienzan a sentir somnolencia diurna sin haberlo experimentado previamente, ya que podría ser un indicativo de problemas que afectan la cantidad o calidad del sueño nocturno.
